sábado, 11 de febrero de 2012

Los ojos de Daniel Prologo



Los ojos de Daniel
Priscilla A. Novoa

Prologo

— ¡¿Crees es Dios?! —preguntó un hombre que vestía un traje militar apuntando su Carabina M4 justo en el entrecejo de mi madre.

Yo me ocultaba bajo la cama, tal cual me lo habían indicado segundos después de oír a los hombres ingresar en la casa.

— ¡¡Vamos, mujer, responde!! —gritó con más fuerza al ver como mi madre, completamente nerviosa, no respondía a su simple pregunta.
—No le haga daño, señor, por favor —rogó mi abuelo, quien estaba del otro lado del cuarto. Sus ojos estaban hinchados de tanto llorar y su rostro completamente cubierto de sudor frío—. ¿Qué desean de nosotros? Si quieren dinero, ahí tienen —apuntó a un lugar en específico. Detrás del espejo de la habitación. Era allí en donde mi padre guardaba el dinero que ahorraba para la familia—, tomen todo lo que necesiten, pero, no le hagan daño a mi hija, señores se los pido —suplicó quedamente al instante que sus rodillas tocaban el suelo y gateaba hasta quedar a unos escasos centímetros de los uniformados.
—Calla, anciano… —glosó inexpresivo uno de los tres hombres que estaba al lado del único que manejaba un arma—. Nosotros no estamos aquí por dinero —le regaló una sádica sonrisa y agregó—; estamos aquí por ustedes.

*

Cuando era pequeño, mi madre solía contarme historias antes de dormir. Historias que narraban la llegada de un salvador. Un hombre que antiguamente había realizado la promesa de volver por aquellos que siguieron al pie de la letra sus enseñanzas y mandamientos. Un hombre bueno que enviaría a sus ángeles a por nosotros para llevarnos al paraíso y en él no habría más dolor ni sufrimiento, sólo paz, amor y el disfrutar de la vida eterna. O eso fue lo que me enseñó y explicó mi madre cuando yo tenía apenas seis años.
Hoy tengo dieciocho años y todo lo que oí, alguna vez acerca de Dios, me parece completamente diferente a lo que veo hoy en día. Los ángeles que Él enviaría por nosotros nunca llegaron, más sólo se puede apreciar a muchos civiles tras nosotros los “creyentes”. Si aceptas y dices; creo en Él; serás fucilado. Si mientes y ocultas tu creencia en Él; serás fucilado. Si callas, serás fucilado. ¡Por todo lo que hagas serás fucilado! Todo eso es porque te atreviste un día a decir; Yo creo en Dios.
Durante los tres años que llevo escondiéndome de los militares que intentan acabar conmigo y demás personas como yo, he aprendido muchas cosas y he conocido a un montón de gente las cuales me han enseñado y ayudado bastante. Personas que con el tiempo las llegué a considerar parte de mi familia y a otras como enemigos. De todas ellas, al que puedo destacar enormemente es a Zacarías; un muchacho de mi edad que conocí en una de muchas huidas a otros pueblos. Un joven por el cual estuve dispuesto a dar la vida sin siquiera pensarlo dos veces.
Desde aquí, contaré mi historia. Una historia que comenzó cuando yo tenía quince. Eran mi cumpleaños y el cielo amenazaba con arruinar el día lanzando finas gotas de lluvia. Aunque, sinceramente, la lluvia no fue lo que arruinó mi día.  

*

Después de que oyeron la respuesta de mi madre un tiro fue más que suficiente para acabar con su vida. El cuerpo inerte de ella cayó justo enfrente de mis ojos y sus labios me susurraron un “te quiero” como último aliento. Mi abuelo desesperado intentó huir. Aquello le fue imposible, los hombres que no tenían armas en sus manos le tomaron con fuerza y arrojaron encima del catre. Sus gritos de dolor y desesperación por tales actos de brutalidad fueron apagados por la misma pregunta que oí anteriormente.

— ¡¿Crees en Dios, hijo puta?! —cuestionó sin siquiera moverse de su lugar el hombre con el arma en sus manos.
— ¡¡Dios!! —gritó mi abuelo escupiendo con fuerza contra el suelo. Era sangre—. ¡¡No señores, yo no creo en él!! —confesó sollozando—. Yo no creo en aquello a lo que llaman Dios, señores.
—Ésta mujer —el pie de uno de ellos patio el vientre de mi madre haciéndola rodar por el suelo hasta quedar a unos cuantos centímetros de mi tembloroso cuerpo—…  … ¿Es tu hija, anciano? —cuestionó perspicaz mientras daba sonoros pasos dentro de la habitación. Rodeó el cadáver de mi madre con pasos seguros, cuando llegó al lado de su cabeza se detuvo juntando los pies y con un rápido movimiento golpeó los talones en un sonoro eco.
—S-s-sí, señor —mi abuelo miró de reojos a su difunta hija y rápidamente desvió la mirada en dirección de quién le estaba interrogando en ese momento—. ¿Por qué? —se atrevió a cuestionar. Valiente, pensé.
—Porque, si ella ha dicho “creer fielmente en su salvador”, ¿Por qué tú te atreves a decir que no crees en Él? ¿Eh?
—Porque era ella quien creía en Él, nadie más, señor —mintió descarado—. Era ella quien se congregaba día por medio y era ella la que…
—Ya, anciano, cállate —interrumpió fastidiado mientras se disponía a salir de la habitación.

El que había disparado contra mi madre ya había bajado el arma. Se encontraba en el umbral de la puerta con ambas manos tras él y los pies muy separados. Había adoptado una posición más relajada a la que tenía minutos atrás. Los otros dos que estaban allí permanecieron callados. Lo habían echo desde que llegaron, sólo miraban en dirección a la pared y le daban la espalda a la habitación. No hacían nada más que eso.

— ¿Eran los únicos aquí?
—Sí, señor.
— ¿Dónde está Julio, la cabeza de la familia? —cuestionó leyendo una libreta que guardaba dentro de su chaqueta—. ¿Dónde está Nehemías, el hijo mayor, Rachel, la hija de en medio? Y finalmente ¿Dónde está… —guardó silenció por unos segundos, caminó hasta quedar a un lado de la cama y agregó finalmente—… …Daniel, el último de tus nietos?
—Ellos —tartamudeo—. Ellos… bueno, verán…
—No te atrevas a mentirnos, David —amenazó enfadado caminando rápidamente en dirección a mi abuelo—. Lo sabemos todo y ya sabes lo que sucede sino nos gustan tus respuestas —finalizó con un chasquido de sus dedos.

El único hombre con un arma, nuevamente tomó posición, y apuntó su Carabina M4 con dirección a la cabeza de mi abuelo.

—¡¡No, Dios mío!! —lamentó con fuerza cubriendo su cabeza con los brazos mientras se dejaba caer en el suelo sobre su tembloroso cuerpo—. ¡¡Por favor, tengan piedad de mí, señores, por favor se los ruego!!
—A pesar de asegurarnos que “no crees en Dios” le mencionas constantemente, ¿eh? —sonrió—. Vamos, David, sé sincero con nosotros —el hombre se agachó hasta quedar a la altura de mi abuelo y muy sonriente apoyó su mano en el hombre del anciano—. O nos dices dónde están tus familiares, o aceptas que en verdad sí crees en Dios —miró con gracia a sus demás compañeros y estos le devolvieron la misma sonrisa—. Tú decides, David. O les traicionas… o mueres.



4 comentarios:

  1. Oh, la primera vez recuerdo haber leído más, ¡malvada!
    Noté que ya escogiste un arma. ¿Cómo la escogiste?
    Estaré esperando la conti.
    Saluditos!
    Seiren.

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  2. Jejeje al final terminé buscando todo sobre aquello, y me decidí.

    :) espero te hayan gustado las dos historias n.n me hace feliz saber que ya las has leído. Un beso, hermosa.

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  3. Esto más que primer capítulo parece un prologo...

    Espero la continuación!

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  4. Pero, ahí dice "Prologo".

    Saludos, y algún día -estoy segura- publicaré el siguiente capítulo

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